Se ha producido un error en este gadget.

Toros

Toros
Este lugar es antitaurino

lunes, 20 de enero de 2014

QUÉ DIFÍCIL ES SER DIOS

Leí, hace mucho tiempo, una novela de anticipación (escrita por los hermanos Strugatsky) cuyo título es “¡Qué difícil es ser Dios!, que resumo al mínimo: una sociedad feudal, metida en batallas, matanzas, traiciones y enredos, es vigilada –y escasamente tutelada- por un puñado de gente alienígena. Tanto los no-evolucionados pobladores del planeta (que muy bien podían ser, más bien, humanos involucionados), como sus vigilantes, son personas (quizá se trataba de una cuestión de viaje en el tiempo, o de un planeta humano aún semi-salvaje, siendo estudiados los habitantes por sus congéneres extraterrestres más evolucionados, no recuerdo) fisiológicamente como los humanos actuales. Pero lo que del propio título se deduce es que: o los humanos (normales) somos genéticamente unos bárbaros incapaces e irracionales; o que cualquiera, por el simple hecho de tener disponibilidad del Poder (de donde quiera que provenga el mismo) puede hacer con ellos/nosotros lo que quiera, como quiera y cuando quiera. Como ocurre, diariamente, con los animales, sometidos a un Poder inmisericorde: el nuestro.

En otra ocasión, leí otra larga novela de ficción-anticipación, cuyo fondo excedía con mucho la aventura, la socialización de algo imaginado, la invención futurista: Para hundirse en una historia casi macabra, filosófica, triste, con un velo símil religioso, que resumo también al mínimo. Se llama “El Mundo del Río” (Philip José Farmer). En ella, en una sociedad “normal”, moderna, las personas se mueren como suele ocurrir. Siguiendo a un personaje, el mismo muere y se reencuentra a sí mismo, en un despertar, vivo junto a un río. Nada le es familiar. Hay un entorno natural, agresivo y raro, hay gente dispersa y confusa como él, renaciendo o que ya lleva allí (¿reencarnada, rediviva, recuperada, clonada?) poco o mucho tiempo. No hay recursos para intentar nada, para hacer nada. En el curso de cada día, unas máquinas dispensan una papilla, que es lo que come la gente. La sociedad es caótica, basada en el abuso, la violencia, la agresión, la autodefensa. La gente muere… y vuelve a renacer en otro sector del río, hasta que otro de sus bárbaros iguales les mata y vuelta a renacer otra vez en otra orilla. No hay más que hacer que usar burdamente los instintos primitivos, sin objetivo alguno. Nueva muerte, nuevo renacer. Y así, una vez tras otra.

Por supuesto, la narración da indicios de que “alguien” dirige desde fuera (un Gran Hermano cualquiera pero externo a esa sociedad) ese renacer, luchar, sufrir, morir, renacer otra vez…  que no se acaba. No viene al caso el periplo del personaje a lo largo del curso de ese Río de la vida o de la muerte. En todo caso, lo que cuenta es la aparente imposibilidad de extinguirse de una vez y descansar. Sabiendo que, por lo que parece, la injusticia… no tiene final. Como no tiene final la injusticia que cometemos nosotros, como seres miserablemente superiores, con los animales.

Son dos casos de “libertad vigilada”de sociedades humanas injustas, esto es, una libertad inexistente y una existencia aleatoria. Puesto que, en ambas situaciones, los “indígenas” no son más  que especímenes de laboratorio humanos, con mayor o menor tratamiento invasivo, pero siempre servidores ignorantes e involuntarios de los planes de esos“seres superiores” que los miran, los analizan, los usan y los descartan fríamente, como cobayas, o como basura biológica de fácil e incesante sustitución. Por supuesto, una inversión tan intensa y planetaria de medios personales y materiales (el vigilante y la infraestructura que le permite vigilar) de tal calibre tiene que estar muy justificada por el beneficio que ellos (los “superiores”) saquen de su investigación, esto es, del ejercicio de su Poder exclusivo.

Pensemos: Si esos “dioses” en realidad son humanos normales, ya vengan del futuro, ya vengan de un planeta hermano, ya vengan de otra línea temporal, ¿para qué están ahí? No fomentan la evolución, no mejoran la organización social, no eliminan la violencia y la agresión, no asientan la ética, no reordenan la interrelación entre los humanos vigilados, no impiden las muertes inducidas, no impulsan sistemas que proporcionen una estancia vital segura, tranquila, evolutiva, progresiva (todo eso que puede concretarse en “feliz”) y que se extienda una Justicia para Todos integral y definitiva. Sólo abusan indecentemente de su posición (superior, suprema, tecnificada o como quiera definirse) permitiendo (cuando no fomentando) guerras, agresiones, desdichas, pérdidas, sangre y desesperación, generación tras generación. Saquen de ello lo que saquen: beneficios técnicos, aportes económicos, conocimientos secretos del medio, planificación de una invasión o de una entronización (¿faraones? ¿reyes mayas? tal vez en el pasado, o el presente o el futuro) que mantenga en un puño a los habitantes y los expriman (o los exprimen) para sus fines… total, si eso es lo que hacen sobre nosotros quienes detentan un Poder (el que sea, el que es), pues entonces lo repercutimos orgullosamente martirizando y matando a los animales, y así… somos diosecillos.

¡Qué difícil es ser Dios! Eso lo dijeron los hermanos Strugatsky, pero ¡por dios! que  lo suscribo, pues ha sido, y es, tan difícil y hasta parece imposible imponer la Justicia para Todos por parte de un Dios (o dioses) Justo, Ecuánime, Compasivo, Evolutivo y Sincero…  por lo que voy a permitirme realizar alguna modificación sin importancia del título al que me he referido: “y qué fácil es ser dios cuando se es injusto, permisivo, trapacero, incongruente, interesado, egoísta… etc.”

Porque ¡qué fácil es acaparar, usar y abusar del Poder!

Finalmente, los humanos parece que sólo estamos para servir, mantener y obedecer a otros humanos, que ¿por qué no? seguro que se creen Seres Superiores y así actúan con la población (ganado económico). Igual que, por contagio, la población así explotada consideramos que los animales (ganado biológico) están para servirnos, mantenernos y obedecernos a nosotros, con lo que en este caso ello comporta de Suprema Injusticia.

¡Qué difícil es ser nadie!


Sara Téllez para ACMAT-CERO

Enero de 2014.

Safe Creative #1401209861727

No hay comentarios: