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domingo, 7 de septiembre de 2014

LA NUEVA VÍCTIMA

LA NUEVA VÍCTIMA


  Hace un par de meses por casualidad descubrí una película en una cadena de TV poco conocida. Ya estaba empezada pero esos pocos segundos de visionado me bastaron para quedarme y fui progresivamente impresionada, impactada, sensibilizada, hasta la náusea por vergüenza de formar parte de la humanidad –esa que no acertamos a impulsar a una actuación ética-, con un dolor profundo por lo visionado y por impotencia ante la injusticia.  El film se basa en hechos reales, recogidos y difundidos por un periodista nacional de ese país (que no indico), el cual acudió a raíz de los hechos para informarse.

  Se trata de una aldea en un país del medio-oriente, donde gozan de las ventajas de la vida moderna, automóviles, aparatos audiovisuales y demás facilidades. En el pasado, el país conoció de igualdad entre sus habitantes pero a la fecha actual las mujeres allí ya no tienen los derechos que tuvieron tiempo atrás y viven con sayas y velo, bajo la potestad marital absoluta y en una sociedad sacralizada fundamentalista.

  En esa aldea, vemos a una mujer casada y con dos hijos varones de unos 12 años, centrada en su familia por obligación y devoción. Un amigo de ellos ha quedado viudo con un hijo, recién fallecida la esposa. Disponiendo de tiempo y compasión, la mujer casada a que me refiero procura ayudar en el día a día al viudo, que se ve privado de la mano de obra de su esposa, lavando su ropa y la del hijo del mismo y atendiendo a su comida.

  Al tiempo oímos, en conversaciones entre hombres,  que el marido de la mujer compasiva tiene una amante en otra ciudad. Y que, cansado de su mujer y deseando obtener la otra de pleno derecho, plantea la situación al grupo de hombres, en el que participan tanto el representante religioso oficial como el  alcalde de la aldea. Y en ese grupo, tirando por la vía rápida, alguien sugiere que –dado que la esposa que quiere repudiar, se sabe que diariamente ayuda al viudo ajeno- la acuse de adulterio y obtenga fácilmente el repudio, con lo que no perderá su fama de hombre “digno” y se razonará la ruptura por su parte. Siguen maquinando, se enredan en sus propios manejos y cada vez van más lejos, ya empecinados en lograrlo: amenazando al viudo, lo fuerzan –claramente- a mentir y decir finalmente –después de intentar varias veces resistirse- que acepta informar de que la mujer ha cometido adulterio con él. Como están presentes marido, el clérigo y el alcalde, el asunto está juzgado, ya, desde los puntos de vista personal, religioso y político.

  Desde ahí, en una cascada de horrores sucesivos, comunican a la mujer (y a la madre de ella, que contemplará impotente el desarrollo de los acontecimientos), que ha sido culpada, juzgada y condenada. Y la condena, es la lapidación.

  Sólo haré un resumen del horror visto e imaginado: En un incesante y rápido bombardeo de acontecimientos espantosos se contempla cómo los maquiavelos pueblerinos van desarrollando toda la pompa previa  exigida por la condena como una alegre tradición folclórica, y con cerrazón e indignidad, van desarrollando la larguísima preparación de una fiesta pública de tortura y muerte, en la que todos los habitantes masculinos de la aldea van a participar alegre y decididamente,  previo el acto incalificable (que corresponde realizar y preparar a los niños de la aldea) de recoger y amontonar decenas de piedras para el alcance de los tiradores. A la víctima, viva y consciente, vestida de blanco, la entierran viva hasta medio cuerpo en tierra, dejando fuera el torso y la cabeza. Era su vecina, su pariente, su hija, su esposa, su madre. Ahora ya sólo es la Víctima.

  A cierta distancia de ella, los primeros en “tirar” son su propio padre, su marido denunciante, y los dos hijos menores: una de las primeras piedras abre la frente de la mujer, que contempla traumatizada a quienes las arrojan, y corre la sangre cara abajo, tiñendo el blanco vestido. Se abre el festejo aún más público: alcalde, clérigo, todos tiran la piedra. Sólo el viudo que mintió obligado, lo intenta y falla y se retira, único en hacerlo. Todos los hombres del pueblo arrancan entonces en turba acompañando con griterío su puntería, una lluvia de piedras llega al cuerpo, los globos de los ojos se le van ensangrentando en torno a la pupila por los golpes en la cabeza, el cuerpo semienterrado (los brazos están amarrados por detrás de la espalda para impedir taparse) se bambolea a derecha e izquierda a cada pedrada, mientras un charco de sangre se va extendiendo a su alrededor donde tierra y cuerpo están fundidos. Ninguna piedra es misericordiosa, como si estuvieran estudiadas para alargar la tortura, la diversión. Con los movimientos de los ojos enturbiados por la sangre interior y exterior se va viendo cómo desfallece la mujer, hasta expirar, por fin, por fin. Una muerte lenta, dolorosísima, vista venir de frente, vistos de frente los matadores, vistos llegar uno tras otro los proyectiles como instrumentos del dolor, traduciendo el espectador atónito lo que estaría pasando por su cabeza torturada, durante el largo rato en que la razón pudo aún mantenerse y durante todo el tiempo que el cuerpo inmovilizado aún pudo soportar la tortura sin morir. Ese cuerpo amarrado, semienterrado, impedido de la más mínima defensa, forzado por una banda  institucionalizada de sádicos que se satisfacen arrancándole cruelmente la vida a golpes y abriendo heridas unas sobre otras.

  El periodista citado ha podido grabar en el pueblo testimonios de todo lo ocurrido. Se va ya. Los hombres del pueblo, se lo impiden, le paran, le arrebatan la grabadora, sacan la cinta, la destruyen y ríen. El periodista arranca el coche, está saliendo del pueblo, ya lejos de ellos. Se para (¿tendrá avería?). De una casa lateral sale la silueta negra velada de la madre de la asesinada, que se vuelve a lo lejos hacia los hombres del pueblo, alza la mano hacia el cielo: en ella muestra… la cinta grabada real. La otra era un señuelo, sabiendo lo que pasaría. El periodista recoge la cinta y se marcha a toda prisa. Eso permitió conocer esta historia. No sé, ni quiero adivinar, qué pasaría con la madre coraje.

  Pues bien, el dieciséis de septiembre de 2014, veamos un país de la Comunidad Europea, civilizado, evolucionado, tecnificado, sin fundamentalismos, con educación generalizada, con una Constitución igualitarista, ocupando un digno lugar en el mundo: bajemos desde el espacio en un zoom: primero la Tierra. Luego Europa. Luego España. Luego, Castilla-León, luego Tordesillas…

  Un ser vivo, al que llaman “ELEGIDO”, que no ha hecho nada para merecer la tortura que se le va a infligir, ha de ser públicamente perseguido a caballo, acosado, alanceado por los jinetes participantes, sucesivas veces a la carrera y finalmente matado  en una fiesta colectiva programada, montada, desarrollada, gozada por humanos, basada en la tortura indigna, continuada, legalizada y culminada con, después de la serie de crueldades, su muerte cerrando su agonía festejada, con la lanzada final de un pueblerino cualquiera que encuentra su minuto de repugnante gloria mediática matando a un toro indefenso, agotado y desangrado por las lanzadas y la persecución.

¡Y las cadenas de televisión y los medios se ocupan de transmitir esa barbaridad! Mejor debatan y evalúen que ESA BARBARIDAD se presenta a los niños de la zona y a los que les permitan verla en la pantalla, como una tradición con la que divertirse. Lo cual representa un atropello y vulneración impunes de los derechos de una infancia sana y pacífica. ¿Dónde está la ética? ¿Dónde las personas razonables? ¿Dónde está el Gobierno? ¿Dónde la Comunidad Europea? ¿Dónde el mundo civilizado? Mujeres torturadas, niños violentados, animales destrozados… y ¿todos tan contentos porque la vida –y la muerte- es una fiesta?

Basta ya. La tortura es tortura y la muerte es muerte. Basta ya de torturas en festejos públicos en ningún lugar de España. El festejo de Tordesillas no es sostenible por más tiempo. No es defendible en ningún momento. No es aceptable que los poderes públicos, ni locales ni autonómicos ni centrales,  lo autoricen más ni que los partidos políticos lo toleren. No es posible que la sociedad lo permita por más tiempo. Basta ya.


La película de referencia se llama: “La lapidación de Soraya”


Sara Téllez-Torre
Para ACMAT-CERO
Agosto de 2014

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