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lunes, 29 de abril de 2013

Un año y tres meses de cárcel por tirar por el balcón el chihuahua de la vecina


COMENTARIO DEL EQUIPO  DE ANÁLISIS SITUACIONAL DE ACMAT-CERO

A pesar del llamativo título del enlace: "Un año y tres meses de cárcel por tirar por el balcón el chihuahua de su vecina", no nos engañemos: La "pena" impuesta en razón del maltrato al perro es de tan sólo TRES MESES de prisión (y no, no va a ir a la cárcel). Porque es la que el Juzgado ha impuesto "por un delito de maltrato animal", (junto con la inhabilitación, que nadie vigilará, para "dedicarse a cualquier cosa relacionada con animales").

 El llamativo AÑO adicional NO SE LE IMPONE POR UN DELITO DE MALTRATO A ANIMALES sino por hecho de que la culpable intentó desvirtuar la justicia al buscar un testigo falso, que no se dejó persuadir, eso ha originado "un año por otro (delito) contra la Administración de Justicia". El hecho de que ambos recaigan en la misma persona no mejora la verdadera pena impuesta por arrojar al perrito por el balcón: TRES MESES de prisión es la mínima que contempla la ley (entre tres meses y un año). Eso le merece al juzgador este espantoso maltrato a un animal.

Igual cabe comentar respecto de la "indemnización" a la dueña del animal por importe de 473,90€, que es simplemente, según la publicación,  el abono de la factura veterinaria que la dueña del perrito hubo de pagar en su momento por la atención al mismo ("hemorragia pulmonar y abdominal, así como traumas en el hígado que precisaron de intervención quirúrgica..."). Ni se contemplan las posibles secuelas que pueda sufrir el animal, ni el dolor y sufrimiento del mismo por tal hecho ni siquiera el dolor y sufrimiento de la familia a la que el mismo pertenece. ¡Claro que esa cantidad podrá aumentar en unos 40€!... por intereses sobre los 473€ en los meses transcurridos entre la comisión del hecho (julio 2012) y la fecha de firmeza de la sentencia (que no conocemos pero será de abril del corriente). ¿Una sentencia justa para el perrito, para la dueña, para la ética de trato a los animales? 

NOTICIA

El juzgado de lo Penal número 4 de Jaén ha condenado a un año y tres meses de prisión a una mujer por arrojar desde el balcón de su casa al perro de una vecina, causándole lesiones internas. Tendrá que pagar una multa de algo más de 900 euros e indemnizar a la dueña del animal con 473,90 euros más los intereses legales en concepto de responsabilidad civil.
Según recoge la sentencia, los hechos tuvieron lugar en el municipio jiennense de Mengíbar en julio de 2012, cuando la condenada arrojó por el balcón de su domicilio (situada en un tercer piso de un bloque ubicado en la plaza de San Isidro de la citada localidad) a un perro de raza chihuahua propiedad de la hija de una vecina y que accidentalmente había entrado en la casa al encontrarse la puerta abierta.
Como consecuencia del impacto contra el suelo, el animal sufrió lesiones internas que le provocaron una hemorragia pulmonar y abdominal, así como traumas en el hígado que precisaron de intervención quirúrgica y una auto-transfusión. El perro tuvo que estar 12 días bajo control veterinario, generando unos gastos en total de 473,90 euros.
Después del incidente, la acusada se personó en dos ocasiones en casa de un pintor que realizaba trabajos en su casa el día de los hechos para pedirle que testificara en su favor. El hombre llegó a sentirse amenazado y acosado, ya que llegó a decirle que si no la defendía "se iba a enterar de quién era ella".
Por todo ello, la mujer ha sido condenada a tres meses de cárcel e inhabilitación especial para dedicarse a cualquier cosa relacionada con animales por un delito de maltrato animal y a un año por otro contra la Administración de Justicia, por el que tendrá además que pagar una multa de cinco euros diarios durante seis meses.
A esto se suma la mencionada indemnización. La sentencia ha sido dictada de conformidad con todas las partes, por lo que es firme y no cabe recurso de apelación alguno.



viernes, 5 de abril de 2013

ENVÍA CARTA PROTESTA AL AYUNTAMIENTO DE VALLADOLID: CARTEL PREGON TAURINO DE VALLADOLID Y MUJER "medio vestida con atavíos toreros"


Para el Ayuntamiento de Valladolid y la Junta de Castilla y León:

He conocido la información y foto sobre el cartel del pregón taurino de Valladolid, en el que, para subrayar, ampliar y potenciar la apología de la matanza institucionalizada de toros en su comarca, increíblemente incluyen además –por su decisión unilateral, infundada y ofensiva- la imagen de una mujer, sugeridamente desnuda, y medio vestida con atavíos toreros. Con toda evidencia, semejante bandera de la involución más retrógrada, lo único que hace es presentar un catálogo de despropósitos a favor del machismo y la matanza irracional, respectivamente, que perjudican increíblemente la imagen de una ciudad y región supuestamente –hasta este momento- culta, pacífica y que hace ostentación de su religiosidad, dejando destruidos de golpe todos estos atributos.

Va siendo hora de que los dirigentes de esa región dejen de manejar estos asuntos trascendentes, que afectan el honor personal y el derecho de otros a existir, con criterios mercantilistas, interesados y desfasados y asuman las exigencias de una ética moderna, frente a sus conciudadanos y con evolución (que no involución) hacia la mejora del entorno, la población, el medio ambiente y el respeto a la vida de los animales, compañeros de existencia en un planeta cada vez más pequeño. Esto es: dejen de ofender al 51% de sus habitantes y, por supuesto, dejen de matar y torturar toros.

Firmado
DNI


-------------------------------------CARTEL PREGÓN-------------------------------------------------

----------------------------------------ENVIAR A:---------------------------------------------------

AYUNTAMIENTO DE VALLADOLID


 Reclamaciones y sugerencias

https://www.valladolid.gob.es/es/reclamaciones-sugerencias



miércoles, 3 de abril de 2013

La naturaleza y el derecho de propiedad


La naturaleza y el derecho de propiedad ¿o será que España no es Europa?


Dando por cierto que mi opinión importa poco a nivel social, reconociendo que mi criterio es irrelevante para la supervivencia, o no, del mundo natural, me permito –no obstante- narrar un episodio que he presenciado y sacar mis conclusiones:

Me encontraba de visita en una playa vacacional, de esas masivamente anheladas y envidiadas ya sea por sus dotaciones,  su territorio, su situación, su clima, cuestiones todas que no voy a comentar. Adosada a mi residencia eventual, había otra idéntica y que había sido vendida hacía poco por –a mi parecer- una cantidad escandalosa de euros (dado su básico diseño y decrépita estructura), a “unos europeos”. En aquel momento una pareja, en efecto de esa procedencia, y no identifico el país concreto, aterrizó a tomar posesión de su casa.

La casa tenía delante un parterre no muy grande donde lucían al sol muchas plantas de  pitas medianas y grandes, verdes, rozagantes, con aspecto de llevar muchos años arraigadas, más unos cuantos arbustos variegados de más de medio metro de alto y un arbolillo de cierto tamaño. Para mi pasmo, por orden (me dicen) concreta de los dueños, unos trabajadores arrancan plantas y arbustos, uno tras otro, en ocasiones troceándolos para más facilidad, o bien enteros y con raíces, y los arrojan en montón a un lado y desmochan el arbolillo. Les pregunto si los que se han arrancado enteros se van a trasladar a otros lugares comunes (que los hay, muchos y vacíos) del complejo vacacional y me dicen que el “encargado” del mismo no las quiere replantar y se van a tirar.

Y, en efecto, pude ver como carretilla tras carretilla y vertidas en el contenedor callejero de desperdicios, aquel enorme montón de las antaño felices, sanas y hermosas obras de la naturaleza, artificialmente situadas en un parterre humano por humanos, habían sido liquidadas de forma inmisericorde por humanos, pues hasta para ser animal o planta hay que tener suerte…

Y ahora, el comentario: Dado que el sacrosanto derecho de propiedad individual sobre la naturaleza permite hacer con las posesiones, cosas, animales o plantas, lo que el dueño jurídico del “bien” o del sector (la “parcela”) quiera, nada podía hacer contra el destrozo (salvo conseguir dos tristes plantoncillos para replantarlos en mi casa y que me permitieron retirar), durante el cual mi espíritu bullía de impotencia. En parte al ver a los trabajadores tajar con indiferencia troncos, tallos y raíces y destrozar la paciente obra de la naturaleza. Bastante más al saber que, por ahorrarse el trabajo, el encargado de la zona permitió que plantíos saludables y crecidos fueran a la basura, habiendo sitio sobrado y adecuado para darles cobijo, y sin coste, en las zonas comunes.

Pero, sobre todo, porque mi sombrajo de esperanza por la naturaleza, que siempre he situado en la civilizada Europa de allende frontera, se ha hundido al contemplar cómo nacionales de un país, supuestamente más evolucionados, civilizados, concienciados, formados y capacitados que nosotros, proceden a arrasar aquí una flora indígena con la mayor indiferencia, al amparo del derecho –recién adquirido- de propiedad. Ignoro sus razones para hacerlo, admito que son hechos que pueden estar ocurriendo cada día sin mayor trascendencia social, comprendo… pero no, no lo comprendo: sólo he visto, a pequeña escala, cómo el hombre antepone sus antojos privados a la pervivencia de obras de la naturaleza preexistentes, cómo las mismas son destruidas con la complicidad cruzada entre el derecho de propiedad, la indiferencia de quien sólo es “un mandado”, la hostilidad de quien puede salvarlas y no quiere molestarse en hacerlo, la falta de derechos del mundo natural, la impotencia y falta de medios de quienes lo contemplamos sin más que una protesta ineficaz… Sin que cambie nada la nacionalidad que se ostenta.

Ya estoy de vuelta en mi estepa, en mi secarral barrido por los vientos pero donde contemplo “mi” ciprés, “mi” plátano de sombra, “mis” arbustillos, “mis” tres o cuatro frutales sin fruta. Y soy mucho más consciente de que están ahí porque “mi” derecho de propiedad les está protegiendo. De forma provisional.

Porque, lamentablemente, el fantasma del alzheimer, o el parkinson, o el infarto o la rotura de cadera ostentan mucha más propiedad sobre mi pedazo de estepa y mis modestos plantíos, de lo que lo tengo yo. Cuando yo falte de aquí y el jardincillo cambie de dueño, 15 o 20 años de arraigo de mi jardín estorbarán probablemente a la entronización de un elegante porche de aluminio lacado, de una pretenciosa piscina de rutilante plástico, de una pradera de artificioso y sediento césped… y caerán mis felices plantas víctimas de la propiedad cómo antes fueron alentadas por la propiedad.

¿Y Europa habrá para entonces conseguido ser realmente ecológica? ¿Y España habrá entendido que no sólo es población, sino también y esencialmente flora y fauna?¿Se vivirá para entonces con respeto y moderación hacia el entorno y hacia uno mismo? ¿Le importará algo a alguien?

En un territorio en que los animales son “cosas”, las plantas “explotaciones”, la tierra “patrimonio”, el agua “administración”, la sociedad “economía”, la política “negocio”, dejo a cada uno su apuesta de futuro… si es que lo hay.

Sara Téllez-Torre
Abril 2013