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jueves, 18 de marzo de 2010

"TRADICIONES" de Sara Téllez, en memoria de Bullpyt

TRADICIONES

Acabo de leer la muerte del perro al que su salvador menciona como “Bullpyt”, las condiciones en que lo recogió y cómo finalmente, ha muerto. Y, como cualquiera, animalista o persona simplemente civilizada, mis lágrimas de dolor y de impotencia han corrido, y ello pese a que soy dura como una roca y poco dada a sentimentalismos. Pese a que apenas un puñado de veces en mi vida habré llorado, ahora eso ocurre cada vez más: y no es la edad, es la SITUACIÓN.

Pero los gritos que damos la incesante cantidad de veces que esto ocurre, deben cesar. La contención se impone ¿Qué ocurre cuando un piloto quiere que su coche o su moto salgan disparados? Lo contiene mientras acelera, el espectador sólo verá un coche parado bajo cuyas ruedas sale una nube de humo blanco. Y, cuando lo suelta, sale de forma imparable.

El movimiento animalista debe pararse, esto es reorganizarse, para luego acelerar: es tiempo de retroceder para luego avanzar, reagrupados. Lo que la sociedad actual tiene de injusta, de indiferente y, determinados sectores, de cruel y primitivo, se debe a la tradición (sí, la tradición, esa por la que el torerismo quiere elevarse a ¿Bien Cultural?). Y la tradición siempre ha tenido mucho más de malo que de bueno, la razón y la equidad han hecho ir desmontando tradiciones pacientemente y, si miramos la historia, son precisamente las tradiciones de sangre, violencia y destrucción las que se han eliminado y pensar en ellas, hoy, estremece.

Pero pedir a la sociedad que reaccione contra tradiciones (léase sangre, violencia y destrucción) que hoy aún permanecen, es pedir lo que no se puede obtener sin esfuerzo. La generalidad de las personas que forman una sociedad está coartada por las presiones económicas, sociales, familiares, vecinales, urbanísticas, vehiculares y laborales y compensan sus preocupaciones con un ocio elevado a requerimiento vital. No tienen tiempo, ni ganas, ni mera curiosidad por aquello que no les afecta en su casa o en su entorno.

¿Que los animales forman parte de su entorno? No. Los animales forman parte de su ocio. Sus, cada vez más numerosas, mascotas forman parte de su familia, a la suya la mima, cuida, atiende y aprecia pero porque ha trascendido “su” animal desde esa “bruma” que es la vida animal autónoma, para pasar a formar parte de sus posesiones, de sus bienes y una vez incorporado a ellos, lo aprecia y mucho porque conoce a su mascota, como también aprecia el resto de sus posesiones. Pero, en la mayoría de los casos, la desinformación y el desinterés y, por qué no, el egoísmo existencial limitan su interés por la vida animal al suyo y al del vecino.

Muchos poseedores de mascotas a los que el cariño de la suya les hace trascender su área particular por un “cierto interés” por los demás (los abandonados) participan con una cuota o una ayuda, normalmente a alguna asociación elegida por su “fama” mediática y con ello cumplen (y no es una crítica) con esa inquietud latente. En realidad, siempre subyace en cualquier inquietud la suposición de que el dinero todo lo arregla.

Y, como estamos sometidos a un Estado de Derecho (y no digo nada si el Estado no fuera de Derecho, un régimen totalitario por ejemplo), consideramos –y con razón en buena parte- que las Instituciones públicas están obligadas a resolver los problemas sociales, pues (aunque el ciudadano no sea plenamente consciente de ello) para eso les pagamos y muy, muy bien, extremadamente bien. Pero la política y los políticos no aspiran a resolver nada a lo que no vengan obligados. Irán legislando no simplemente a medida que se detecten necesidades, sino a medida que la sociedad exija, presione o imponga que HAY que resolver esos problemas, cubrir esas necesidades.

Y la sociedad la forman humanos: en nuestros genes está grabada la sobrevivencia a costa de lo que sea, el buscarse la vida, el comer y prosperar: y eso se ha hecho históricamente –y sin interrupción- a costa de la vida animal y del medio ambiente. De ahí la indiferencia generalizada hacia la extremadamente degradada situación de los animales en todo el planeta igual que en el rincón de la esquina. Pero esa “inquina” o desconfianza hacia los animales (¿competidores en la sobrevivencia?) hace que a la generalidad de la sociedad le estorben los demás seres vivos (salvo las mascotas): así sus argumentos son la suciedad, el miedo a una posible agresión, y muy especialmente supuestos problemas sanitarios: aquí obra, una vez más, la tradición: el recuerdo no razonado de una época en la que el quiste hidatídico pasaba del perro al hombre, lo cual sería un mal recuerdo de algo desaparecido, si no fuera por poseedores de perros irresponsables e incumplidores de la básica norma de la desparasitación. Y aún así, la incidencia humana del quiste no sólo es muy baja sino que en muchas ocasiones la vía de transmisión ni siquiera es el perro.

Sin embargo, basta consultar el organismo competente en materia animal en Autonomías y Ayuntamientos para descubrir que, mayoritariamente, se trata de la Dirección, o el Instituto o la Concejalía de Sanidad o de Salud Pública. Expresión clarísima de cómo una tradición inconsistente sigue influyendo y sigue vigente en los sistemas sociales. Del mismo modo, el ciudadano que aspira a ver sus calles limpias de animales abandonados, no tiene inconveniente, ni opinión, sobre la recogida “basurera” que los Ayuntamientos realizan de los animales abandonados. La mayor parte de las veces, dan la concesión de recogida y “alojamiento” de animales a una empresa privada cuyo objetivo mercantil es ganar dinero: esto provoca fundadas sospechas de los métodos que un negociante utilice para ganar o ahorrar dinero, sea en el alimento, en el número de empleados que contrata (por cuya razón se “toleran” los gratuitos voluntarios), en la limpieza, en la medicación… y muchas veces en la matanza de animales considerados no adoptables.

Porque, no se engañe nadie, estos centros (¡que son ya una tradición!), mantenidos en buena parte por caudales públicos, esto es, pagados de nuestros propios bolsillos, sacan otro buen dinero de lo que pagan los adoptantes al sacar un animal (y hacerle un gran favor, de paso, al negocio) de la perrera (¡perdón, del “núcleo zoológico”), esto es, le aportan dos ventajas: una el dinero que pagan por el animal; otra el abrir una plaza para otro animal “negociable”. Por eso, si el animal es tímido, arisco, asustadizo, enfermizo o feo y en el breve plazo obligatorio de la Ley (generalmente 20 días) ya detecta que no va a ser “adoptable” o, aunque en el mejor de los casos haya pasado cierto tiempo más, con las mismas la Ley le permite impunemente, matarlo, pura y simplemente.

E incluso en ese acto horrible de matar fríamente a un animal, sin razón de autodefensa ninguna, por una motivación económica (no para subsistir, por supuesto), AUTORIZADA legalmente, incluso así, repito ¿cuántos de nosotros nos preguntamos, o hemos oído, o hemos visto difusiones sobre la utilización de método de muerte espantosa pero barata? Léase matarratas, que los destrozan lentamente por dentro, léase paralizantes musculares (sin dormirlos previamente, que cuesta dinero) que los asfixian lentamente estando conscientes. Claro que la Ley, como todas, no es mala: confía en que la obligación de que la matanza la realice un veterinario, es garantía suficiente para garantizar la muerte “digna” del animal.

Pero, admitiendo que la gran mayoría de los facultativos cumplirán con una especie de barniz ético por el que dormirán primero al animal (y a lo mejor, hasta ellos mismos duermen bien por la noche…) que luego van a matar (así de crudamente) con sus propias manos, eso no garantiza que así se haga en todos los casos: excepciones las hay en todas las profesiones. Y mucho más, cuanto que el facultativo es un simple empleado del negociante o del gerente que administra la perrera. ¿Y cuál es el objetivo de esta gente? Ganar dinero. ¿Y su medio? Negociar con animales indefensos. ¿Es impensable plantearse cuántos veterinarios actúan obedeciendo órdenes?

Pongámonos en su situación: tengo un empleo fijo, cobro por él, estamos en crisis económica, me piden que ahorre en el sistema de matanza de animales que estorban a todo el mundo, que no tienen futuro ni presente: seguramente el matar al animal puede ser hacerle un favor. Pero el dilema es que no hay en este momento, o no hay nunca o me dicen que no puedo usar un medio anestésico previo a la cruda matanza ¿Qué hago?

Pues aquí, me divido en dos personalidades diferentes: Soy ético, obedezco la ley por encima de mis intereses, ya que mato lo haría con la mayor “dignidad” posible… y me despiden y ponen a otro que seguramente aceptará las condiciones.

Pues para eso (la otra personalidad), para que lo haga otro igual, para que “el bicho” muera de la misma manera, dado que ponerme ético no va a resolver ni su problema ni el mío… ¿Ustedes me entienden?

Y eso, si es que la matanza la hace un veterinario, pues las perreras (perdón ¡núcleos zoológicos!) tienen muchas puertas cerradas para el público y para sus propios voluntarios. ¿Las garantías? Las que establece la Ley. ¿La aplicación? La que cada uno tenga a bien. ¿Las inspecciones? Salvo excepciones, inexistentes.

¿Cuántas “tradiciones” en este país nuestro, concreto, se basan en violencia contra los animales? ¿Qué decir de fiestachos pueblerinos en los que el colmo de la valentía y el arrojo es torturar a un animal… pacífico claro? Es la herencia torerista y chulesca pero degradada por la cutrez: Fiestas de “quintos” –que ya no existen, otra “tradición” pudriéndose- que secuestran una inocente burra y le revientan los intestinos metiéndole un palo (claro, lo otro resultaría demasiado pequeño para usarlo) por el ano, dejándola tirada atada en medio de un pueblo mientras el vientre se le llena de sangre en una agonía atroz… Pero no pasa nada, luego, cuando ven las protestas, piden perdón y (en la más pura tradición religiosa, ¡otra tradición!) se les perdona y a otra cosa ¡sólo era un animal! ¿Y vale un animal más que una tradición alcoholizada? Esto era Extremadura. Pero en Valencia, una despedida de soltero (¡pobre futura esposa!) consistió en secuestrar una vaquilla, torturarla, arrancarle los cuernos, meterla sangrando en una furgoneta y llevarla ¿a dónde? Cualquiera puede suponer que a quitarla del medio. ¡Ahí va, otra tradición! ¿Y el peropalo? ¡Otra tradición! ¿Y tirar un gallo desde un campanario? ¡Otra tradición! ¿Y destrozar cientos de toros como espectáculo? ¡Pues otra tradición! Y tantas otras “tradiciones” repugnantes, primitivas, obsoletas, violentas ¡que son tradición! ¿Se atreve alguien a considerarlas bienes culturales? Pues sí, por qué no: el “quinto”, el de la despedida de soltero, el del peropalo, el que tira el gallo y, cómo no, el que despedaza al toro.

Les voy a recomendar, para finalizar y no extenderme, que no acabaría nunca, dos series fílmicas:

Una, cinematográfica: Mad Max, en sus 3 episodios. Vean lo que la involución humana puede hacer (o hará) con la sociedad. Esa degradación se produce por la conservación (¿por tradición?) de los peores instintos y hábitos del ser humano. Y el único límite al salvajismo es la conciencia ética y civilizada; la razón por encima de cualquier motivación. La actuación dinámica de la humanidad para de preservar su civilización y los mejores valores que la han hecho posible, administrar prudentemente su impacto y su actividad y entender que el planeta es lo primero (con todo lo que contiene) para tratar de que la sociedad actual, tan difícilmente conseguida, siga en el camino de la civilización, el bienestar y la justicia… para todos.

Y la otra, la serie televisiva “V”, no la actual que empieza a verse en digital, sino la primitiva. Síganla tranquilamente episodio por episodio creyendo ver una aventurilla futurista. Cuando descubran a los humanos “empaquetados” individualmente, colgados masivamente de ganchos a la espera de que los amables y cooperadores Visitantes (alias “lagartos”) se los coman, espero que –como a mí- les recorra un estremecimiento, hecho de terror, repugnancia, rechazo y miedo. Y, sin embargo, en un mundo no irreal, cada lagarto… se busca su comida. Y mucho más aquellos que han creado una civilización, como los hombres que todos los días matan, empaquetan y cuelgan millones de seres vivos, para comérselos (¡una tradición!) y si usarlos para la pitanza es legítimo, al convertirles en herramientas económicas, ya saben el silogismo: si yo como animales y tú eres un animal, tú eres mi comida. O mi diversión. O mi antojo. O mi ocio. O mi negocio.

Porque nosotros somos los Visitantes reales: eso hacemos cada día y desde siempre, y esto no cesa, con los animales con los que compartimos casi toda nuestra herencia genética y el único planeta que, a punto de destrozarlo los humanos por completo, tenemos. Eso, o viva usted cien años y a lo mejor llega a pasar las penas negras (bueno, rojas) en el fresquito Marte.

SARA TÉLLEZ para la Asociación ACMAT-CERO.

1 comentario:

hadanevada dijo...

guau, valla escritazo..
se puede decir mas alto pero no mas claro...
arriba ACMATEROS...esto es solo el principio...

saludos a todos.